Y con tanto ruido no escucharon el final (‘Ruido’)

Sabina solía presentar “Ruido” de la siguiente manera:

“Mis padres vivían encima de una discoteca y todas las noches se quejaban los de la discoteca porque hacían mucho ruido…”

Simpática manera de adentrarnos en el nivel de decibelios de una pareja y en las consecuencias de ese exceso de contaminación sonora.

“Ruido” es sin duda una de las canciones de desamor más arriesgadas y crudas que ha escrito el genio de Úbeda, donde nos explica de la manera más dramática en qué consiste una ruptura cuando antes existió el amor. Pero no se entretiene en explicar el porqué de la ruptura, solo le interesa el final en sí mismo: la explosión de la ira, el rencor y la frustración que emana de ambos en el momento de tirar cada uno por su lado.

Aunque, como digo, pasa de puntillas por el inicio de la relación, cuando empieza el tema nos cuenta en dos pinceladas cómo comenzó todo para ponernos en antecedentes. Son dos versos de gran belleza:

Ella le pidió que la llevara al fin del mundo

él puso a su nombre todas las olas del mar

Pero una vez hechas las presentaciones, sin demora nos metemos de lleno en el conflicto: “Se miraron un segundo, como dos desconocidos”, y al hilo de aquellas olas del mar que había puesto anteriormente él a nombre de ella, ahora, de repente, “no se oyó el ruido del mar”.

Cada verso, como si de una escalera se tratara, baja un escalón hacia el desastre donde el ruido es el gran protagonista, es el termómetro que mide la longitud de onda de la relación. A más ruido menos amor y más decadencia. Son ruidos muy gráficos, muy visuales, que nos empujan a imaginar cómo tuvo que ser ese final: tijeras, tenazas, sables, cristales, platos rotos… Frenazos, arañazos, escorpiones… Nos estremece pensar el ambiente que rodeaba a esa pareja en sus últimos coletazos.

La canción no da un segundo de respiro y va cogiendo una velocidad endiablada, cada vez con más ruido, más confusión, más caos, hasta que llega a ese vómito compulsivo de todos los peores ruidos que ha vivido esa pareja partiendo de quizá el más peligroso de todos: el ruido silencioso.

Del estrepitoso ruido de discusiones y peleas al final aparece la soledad, el silencio, el fin. Sabina nos lo muestra con dos versos fantásticos:

se borraron las pisadas,

  se apagaron los latidos

Creo que no hay mejor manera de describir el ocaso de una relación. Pero en ese trayecto del todo a la nada, el flaco nos obsequia con un puñado de tonalidades de todo tipo de ruidos: ruido compartido, ruido envenenado, ruido empedernido, ruido mentiroso, ruido entrometido, ruido escandaloso, ruido acomplejado, ruido introvertido, ruido mal nacido, ruido insatisfecho, ruido enloquecido, ruido intolerable, ruido incomprendido…

Dan ganas de taparse los oídos ante tamaño ataque de decibelios emocionales a los que estamos siendo sometidos. Para al final, asumir quizá la gran verdad que encierra esta canción: que todos los finales son el mismo repetido y que el ruido puede ser un gran indicador de la esperanza de vida de una relación.

Hay que decir que la música de esta canción cumple con creces las exigencias de la letra, sobre todo en la parte final, donde los instrumentos dejan de sonar y unas palmas desnudas nos taladran con todos los ruidos que han soportado los dos protagonistas que finalmente “con tanto ruido, no escucharon el final”. Gran canción especialmente indicada para rupturas sentimentales.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.