Donde regresa siempre el fugitivo

Madrid es la patria de Sabina, siempre lo ha reconocido y siempre será así, y como no podía ser de otra forma, aparece de forma recurrente en sus canciones. Sus plazas y calles, sus bares, sus hoteles y sus habitantes son protagonistas de muchos de sus temas, pero sin duda son dos las canciones que están dedicadas especialmente al Foro: “Pongamos que hablo de Madrid” (Disco Malas compañías, 1980) y “Yo me bajo en Atocha” (Disco Enemigos Íntimos, 1998).

La primera de ellas salió en 1980, en plena efervescencia de la recién estrenada democracia, con la movida madrileña cocinándose y con todos los elementos de un Madrid muy distinto al de hoy. Agitado y turbulento, divertido pero también oscuro y sórdido, un lugar donde “la muerte pasa en ambulancias blancas” y  “las estrellas se olvidan de salir”, donde “las “niñas ya no quieres ser princesas”, azotado por la droga y el alcohol: “hay una jeringuilla en el lavabo” y “el mar dentro de un vaso de ginebra”,

Era un Madrid inhóspito y frío donde Sabina se dejó llevar por la melancolía y en la primera versión llegó a decir en la última estrofa:

Cuando la muerte venga a visitarme

Que me lleven al Sur donde nací

Aquí no queda sitio para nadie

Pongamos que hablo de Madrid

Sin embargo, no tardó en corregir estos versos y hacer una declaración de intenciones a la ciudad donde se había dejado la vida en sus rincones:

Cuando la muerte venga a visitarme

No me despiertes déjame dormir

Aquí he vivido aquí quiero quedarme

Pongamos que hablo de Madrid

En los conciertos la gente se deshacía en aplausos cuando cantaba estos versos y firmó su particular matrimonio de hecho con la capital que lo encumbró como artista. La canción también la hizo famosa Antonio Flores, que hizo una versión rockera en 1981 y logró colarla en los primeros puestos de los 40 principales.

“Pongamos que hablo de Madrid” guarda muchas similitudes con “Talkin’ New York”, de Bob Dylan, un tema en el que el genio de Minnesota hablaba de su primer viaje a New York en 1961.

Aunque se convirtió en un himno, Sabina acabó saturado de la canción y dejó de cantarla durante bastantes años, pero nos sorprendió a todos cuando en 1998, en el disco que hizo con Fito Páez, grabó “Yo me bajo en Atocha”, una revisión más moderna de ese retablo madrileño pero esta vez más optimista y sin escatimar piropos y sentimientos sinceros sobre la ciudad.

Aquí volvió a dejarnos claro que se queda en Madrid, la ciudad donde “todo es ahora y nada es eterno”, “a mitad de camino entre el infierno y el cielo”, donde pueden convivir elementos contrapuestos como “su santo, su torero, su Atleti y su borbón, su 18 de julio y su 14 de abril”.

Al final de la canción, Sabina nos recuerda que ha viajado por todo el mundo y que ha conocido las mejores ciudades: “he llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata…”, pero al final, siempre hay algo que le devuelve a Madrid, a su casa. Nos lo recuerda con unos fantásticos versos:

Pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid

Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid

Pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid

Pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid

Pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid

Pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid

Pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid

Aquí os dejo un vídeo de una actuación de Sabina y Antonio Flores:

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