¿Cómo van a caber tantos besos en una canción? (‘Peor para el sol’)

 ‘Peor para el sol’ es una de esas canciones que te atrapa desde el primer momento y te hipnotiza de tal manera que aunque todos nos sepamos la historia, la escuchamos como si fuera la primera vez, esperando, verso tras verso, el desenlace de ese encuentro nocturno en un bar, tan propio del universo sabiniano.

Es una de esas historias que la mayoría querría que le pasara alguna vez en su vida. Ese acercamiento furtivo entre un chico y una señora que no se acuerda si tiene marido puede pasar  en las películas, o lo hemos escuchado que le pasó a alguien conocido, pero a nosotros no. Sin embargo Sabina tiene la delicadeza de contárnoslo como si estuviéramos viviendo la experiencia allí con él, en ese “Templo del morbo”, que bien podría ser un bar real de las entrañas del Madrid canalla, pero no, esta vez es un lugar inventado, no intentéis buscarlo, otros ya lo han intentado sin éxito.

A nivel técnico, sorprende cómo gran parte de las estrofas de la canción son diálogos entre los amantes. Gracias a sus conversaciones nos enteramos de su encuentro en el bar y lo que ocurre después en casa de la mujer. Todos los compositores conocen la complejidad de introducir líneas de diálogo y crear una melodía que encaje como un guante, pero en esta canción todo funciona como un reloj desde el principio:

  • ¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?
    Cada noche tengo uno distinto
    y siguiendo la voz del instinto
    me lanzo a buscar…
  • Imagino, preciosa, que un hombre.
  • Algo más, un amante discreto,
    que se atreva a perderme el respeto.
    ¿No quieres probar?

Con esta breve conversación nos introduce Sabina en la naturaleza del encuentro. Una mujer casada y cansada de todo que invita a su casa al chico que acaba de conocer en el bar de la vuelta de la esquina. Le dice sin tapujos que si le quita con arte el vestido le invita a champán. El chico no se lo piensa dos veces y le deja mil pesetas de propina al barman, una pasta en la época de la canción (1992), donde la propina promedio eran 25 pesetas o, tirando la casa por la ventana, veinte duros (100 pesetas).

(Me siento como el viejo abuelito contando batallitas a los muchachos… Aún me resulta duro encajar que hay gente que no ha conocido las pesetas… En fin, sigamos a lo nuestro…).

Una historia de soles y lunas, encuentros y desencuentros

Sabina nos describe de manera concisa y con detalles muy elocuentes lo que pasó en casa de ella. Nos sirvió para el último gramo, el cristal de su foto de bodas, ¿hay mejor forma de expresar lo que le importaba a aquella noble dama su vida de apariencias y buenos modales? Se esnifó su matrimonio y decidió ofrecerle a su amante un desfile de ropa interior, aparte de copas, risas y excesos, ¿cómo van a caber tantos besos en una canción?, nos parece decir fugazmente Sabina mientras nos guiña el ojo a través del espejo y, a su lado, un cuerpo desnudo le devuelve a la dura batalla de piel, saliva y sudor.

Una vez cesadas las hostilidades, ella prefiere pecar de aguafiestas y le lanza una advertencia al chico para que no se lleve a engaño:

  • En mi casa no hay nada prohibido,
    pero no vayas a enamorarte.
    Con el alba tendrás que marcharte
    para no volver

    Olvidando que me has conocido,
    que una vez estuviste en mi cama.
    Hay caprichos de amor que una dama
    no debe tener.

A lo que él contesta muy digno:

  • Es mejor – le pedí – que te calles,
    no me gusta invertir en quimeras.
    Me han traído hasta aquí tus caderas,
    no tu corazón.

El estribillo del tema forma parte de los diez mandamientos canallas por excelencia y nos recuerda quién le levanta la falda a la luna cuando el sol se marcha descuidado a sus aposentos, porque es justo en ese momento cuando empieza lo bueno… El tedio y la razón se van a dormir y las fantasías se hacen realidad a la luz de la luna. Peor para el sol, él se lo pierde.

Sin embargo, en mi opinión, lo mejor de la canción está al final. Cuando ya parece que está todo vendido, Sabina nos sorprende con un happy end que no esperamos. Nos hubiéramos ido tan felices con lo que nos ha contado hasta ese momento. Ya nos valía así, pero nos regala una estrofa final fantástica que nos deja una sonrisa perenne en los labios y que termina como empezó, con un diálogo que cierra un círculo perfecto:

Volví al bar, a la noche siguiente,

a brindar con su silla vacía,

me pedí una cerveza bien fría y entonces no sé,

si soñé o era suya la ardiente,

voz que me iba diciendo al oído:

“Me moría de ganas querido, de verte otra vez”

Aquí nos demuestra el flaco su nivel de romanticismo y pone la guinda perfecta para que en la siguiente escucha deseemos llegar a ese final que tanto nos gusta, aunque quizá no fuera el real. De hecho, nos insinúa que quizá lo soñó, así que podemos interpretar que hubo otro desenlace, pero ¿qué más da? Nos quedamos con el bueno porque nos encanta escuchar una y otra vez la canción e imaginarnos que estos dos se vuelven a encontrar por sorpresa en el mismo bar. Lo que pase después nos da igual.

En definitiva, una de las canciones más canallas, más románticas y más reconocibles de la factoría Sabina, con una historia excepcionalmente contada y unos personajes nocturnos censados, sin ningún atisbo de duda, en la galaxia sabiniana, con la que muchos nos identificamos.

 

 

 

2 opiniones en “¿Cómo van a caber tantos besos en una canción? (‘Peor para el sol’)”

  1. ¡Grande Sabina! Qué capacidad para contar historias como si estuvieramos allí. “Peor para el sol” nos muestra la eterna contradicción de su lírica: no busco amor hoy pero mañana quiero volverte a ver. Canalla-romántico…y punto.
    Al hacedor de este blog Raúl Jime♢♢ le ánimo a seguir con sus artículos. Bonitos son.
    Escuchemos siempre a Sabina haya Brexit o ScotLond…porqué ver bestialismo cuando se pueden sentir suspiros.

    1. Muchas gracias por tu comentario! Me gusta eso de “no busco amor pero mañana quiero volverte a ver”… ¡Un abrazo!

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